Las bellas de Proust

Sergio Berrocal | Unipress

Siglo maravilloso debió ser el de los años del diecinueve y sobre todo los que vivió contó e incluso probablemente exageró Marcel Proust, escritor sin editorial a sus comienzos, marica para algunos y en todo caso maravilloso anfitrión que paseó por París a las más bellas mujeres del siglo. Porque en aquellos tiempos que no son tan de María Castaño, París y Francia constituían un bastión donde las mujeres mandaban y eran ellas las que imponían no solamente la moda sino la forma de ser de una sociedad machista que mucho, mucho más tarde, acabaría tropezándose con la espantosa Primera Guerra Mundial. Proust fue un compendio de contradicciones. Se hizo famoso en literatura con las famosas petites madeleines que, se decía o hacía decir él, se les servía en la cama todas las mañanas con una taza de té. Se paseó por el mundo, el mundo era entonces París, y el resto del mapa sus alrededores, como si no se le hubiese de acabar nunca, exhibiendo elegancia, mil caprichos de rico sin serlo demasiado y sus mujeres. Las mujeres a las que amaba Proust, como todos los grandes señores de aquella época se rebullían en los salones que entonces estaban de moda en París, donde las damas de la más alta casta burguesa recibían con capricho a los que les parecía eran los personajes del momento.

Las mujeres guardaban sus bienes más preciosos en enormes y gruesas faldas, pero a veces descubrían las rodillas, al menos una rodilla y era la locura. Porque no hay nada más bello que una rodilla de mujer escapada a sus guardianes. No sé si le vio algunas de sus rodillas Proust a aquella maravillosa actriz y mujer llamada Sarah Bernardt, pero a veces no hacía falta esperar ir tan abajo porque ella poseía una mirada de escena o de camerino que volvía locos a los hombres y a nuestro escritor enamoradizo en particular.

Y qué decir de la duquesa Oriane de Guermantes, un rostro que en la obra del escritor es primordial para entender que Proust hubiese dejado las deliciosa magdalenas por las mujeres que a través de su madre, nobleza obliga, invadían su casa, sus lugares más ocultos. Mujeres bellas, atrevidas, aguerridas, que tenían por objetivo la conquista del hombre.

Y en las grandes fiestas de las damas de más riqueza de títulos, aunque no siempre tuviesen un rostro agradable pero se sabía que eran millonarias, que sus cuerpos habían corrido por París para dar y recibir placer. Y en una recepción mundana, donde se hablaba probablemente de las magdalenas de Proust, de los atrevimientos infinitos de aquella princesa princessisima, que en los momentos menos oportunos dejaba que sus pechos se salieran en busca de libertad. Y siempre la encontraba en un rincón, con un galante.

Otros invitados, más caprichosos o más exquisitos, preferían subir los siete pisos que llevaban a las habitaciones de las criadas. Los más eruditos decían que allí estaba el verdadero salón y las muchachas, a veces vírgenes o casi, habían aprendido que enseñar una rodilla con arte y compostura era un paso importante para que el señorito que acababa de despreciar a su señora, allá abajo, en el infierno del salón, no tuviese ojos más que para aquellas piernas, que sabiendo seguir los caminos del amor conducían al paraíso, y a veces a la sorpresa de una virginidad recién llegada de una lejana provincia.

Era el baile del amor y no parecía haber más preocupación que esa. Hasta que los vientos empezaron a soplar fuerte y rudos desde el Este y la paz acabó en guerra. Una feroz contienda de cuatro años que arrastró millones de vidas.

Y entonces, mucho más tarde, leeríamos lo que Proust, el señorito Proust, fotografió de una sociedad, la suya, que parecía un jardín con muchas rosas. Tal vez el jardín de un Alá mundano. Y conoceríamos al que fue uno de sus grandes amores, Albertine, que le llevó por las peores trochas del amor, porque él estaba convencido de que ella le engañaba. Pero no con cualquier amigo, que en una sociedad permisiva hubiese podido pasar.

Albertine está enamorada de otra mujer, pero nunca dio con ella.

Tiempos de amor, de permisividad, de redención.

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