Historia de una princesa de película

Sergio Berrocal | Unipress

Quien nunca haya sido capaz de perdonar y santificar la ignominiosa traición de la vida de Noodles en Érase una vez en América no tendrá derecho a entrar jamás en el paraíso de Sergio Leone guiado por un chorro de sifón con vermut. Había leído bajito su artículo. Era su época Leone. Adoraba al gordo italiano capaz de darle vuelta a la vida de un estudio para convertirla en lo que le pareciera. Madame Monique, que toda vestida de blanco, parecía a punto de hacer la primera comunión, él la llamaba “petite”, pese a que ya tenía un par de años por encima de los veinte, además del cuerpo más bonito de todo el Mediterráneo y el rostro más fino y graciosa del Pacífico, Esta mujer de apariencia dura pero capaz de llorar como una Magdalena con las películas de Audrey Hepburn, era directora jefe y propietaria del hospital que había heredado de sus antepasados, como toda la isla donde se encontraba, situada al fin de Europa, en aguas africanas. Había estudiado Medicina en París, en el servicio del doctor Ritzel, el más reputado en enfermedades tropicales, A Luis le había “conocido” hacía dos años en una fiesta exclusivamente para millonarios, como las entienden en Brasil, en una playa cercana a Río de Janeiro, Búzios, donde por primera vez, decía él, aquella muchacha que hubiese podido comprar la Amazonía, se había enamorado de un individuo, viejo (75 años) y sin valor, totalmente acabado. Pero ella se le había entregado y se habían casado ellos solos (y dos mil personas más), con una sortija de diamantes que un enviado de Cartier, París, Francia, les había traído en un Falcon de la empresa hasta la arena cuando decidieron que el cura que la había bautizado la uniera a él de un modo un poco especial y en una fiesta protegida por mil doscientos policías militares brasileños. El Presidente de la Republica Brasileña era el padrino de la boda. Luis, Monsieur Louis, le llamaban las monjitas que regentaban aquel establecimiento, era uno de los tres enfermos del maravilloso hospital de la isla, una joya Art Déco. No se hubieran admitido más aunque el volcán lo hubiese hecho necesario. Todos los grandes de este mundo y del otro querían visitar aquella isla donde el hospital era un monumento más digno de las locuras de Napoleón, uno de los lugares que visitaban los turistas y sacaban fotos a los tres enfermos-figurantes que las monjitas reunían los días de visita disfrazando a algunos indígenas. El único enfermo de verdad era Louis, de profesión periodista, quien cansado de correr por el mundo durante cuarenta años había aterrizado en aquel paraíso terrenal donde ninguna agencia internacional de turismo había podido asentarse. Sin imaginar que allí estaba esperándole una de esas princesas que él había utilizado tanto en sus relatos para los dominicales.

Cuando Luis fue ingresado con una pata rota, era este hospital o Europa, que él odiaba, Ella, la adorable chiquilla que se había enamorado de un casi abuelito, y a la que le encantaba contar historietas, relataba con todo tipo de detalles que su enfermo-amor de su vida se había herido gravemente (apenas dos rasguños) en una charca llamada rio tratando de escapar a un viejo cocodrilo. En realidad, Luis había rodado las escaleras del hotel, el único de la isla, otro monumento, porque no había calculado la proporción correcta de güisqui que le correspondía después del desayuno. Pero lo peor era la enfermedad que le había hecho buscar un retiro, una tumba decía él con su acerado humor. Ella le reía estas gracias. Después de todo, la isla era suya, herencia de sus abuelos, el hospital lo había construido su padre, descanse en paz, y aunque la isla tenía espacio para 70.000 u 80.000 personas, eran muy poco los viajeros a los que se les permitía hacer allí un alto en el camino. No conseguían visados para aterrizar allí más que quien ella encontraba conveniente. Porque la médica de un único enfermo, había convertido su paraíso en un Estado con representaciones millonarias en el mundo entero, que no daban un visado por menos de lo que hubiese costado un viaje a la Luna. En la época de sus abuelos y de sus padres, la isla era en realidad una gigantesca mina de diamantes, y seguía siéndolo, razón por la cual la guardia que tenía a su disposición procedía de los Marines norteamericanos y estaban tan bien pagados que era imposible sobornarlos.

Con su dinero y sobre todo su talento, había sido la primera de su promoción en Paris, tenía una flotilla de barcos que se aseguraba de que las miles de islas que la rodeaban a buena distancia, todas las demás habían sido dinamitadas, dispusieran de los mejores médicos del mundo. Gozaban de la protección de la ONU y de otros organismos más eficientes porque los barrigudos e infectos jerarcas dictadores de los países de los alrededores, entre los cuales figuraba la flor y grana de los países “pobres” africanos (multimillonarios) que protegía Estados Unidos por razones estratégicas,) se disputaban la propiedad, considerando que tenía un valor estratégico apreciable. Uno de esos líderes, Premio Nobel por si acaso, se apresuró a pedir la mano de Madame Monique, como la llamaban sus indígenas, y tuvieron que intervenir fuerzas de la ONU cuando el viejo padre de la pedida sacó a tiros de su palacete a toda la comitiva presidencial. Pero el capricho de los poderosos es así.

A su llegada, Luis se instaló en la isla en una casita un poco ruinosa que le había estafado un nativo en un acantilado de película de Hollywood. Con la ayuda de una vieja amiga decoradora que había venido especialmente de París, se hizo un lugar donde morir, porque esa era su intención. Había sido una leyenda del periodismo y otras cosas a la que el embajador de la Isla en París había concedido el privilegio de vivir allí. Lo cierto es que Luis estaba muy cansado y con una enfermedad fastidiosa. Primero había pensado en instalarse en Cuba pero los sucesores de Fidel Castro no le hacían ni pizca de gracia. Decían que eran analfabetos y sobre todo incapaces de que el pueblo pudiese comerse un cacho de conejo sin tener que hacer una cola de doce horas. Cuando supo de su decisión, Monique condecoró a su embajador en Francia por tamaña iniciativa y por haberle dado todas las facilidades. Quiso visitarlo en su casita del acantilado y su visita duró nueve meses y medio, tiempo suficiente para que la princesa sin corona, se enamorara y juntos tuviesen una niña que era una princesita de cuento de hadas.

Luis, viejo periodista, que no es lo mismo que viejo sin más, que ocultaba hasta su edad amén de algunos secretos de Estado que le habrían llevado a la muerte por inyección intravenosa, se había enamorado de tal forma de aquella médica de París que le había curado todas y cada una de sus enfermedades menores que pensó que la paz sí que existía. Le gustaba decir a los dos o tres indígenas que se ocupaban de su casa, y a los que les traía sin cuidado aquellos cuentos de aquel hombre blanco tan destartalado pero tan generoso y que era una pura carcajada, que Ernesto Hemingway no hubiese conseguido un final como aquel para una de sus novelas. Es verdad que a cambio le habían dado un Nobel y tantos premios como habían podido inventar los editores. Luis se iba dando cuenta de que se estaba yendo dulcemente al carajo. Dulcemente porque tenía a aquella niña maravillosa con la que ya jugaba pero que pasaba más tiempo lejos de él. A Monique la adoraba cada día más, como quiere un viejo del que se ha encaprichado una diosa. Aquella noche la pasaron en su casita. Luis se chupó toda la farmacopea que tenía guardada para satisfacerla en un momento dado. Fue una noche tan maravillosa que Monique olvidaba su educación del convento suizo des Oiseaux y gritaba tanto y tan fuerte que él mismo tuvo miedo. Miedo de saber que no podría mantener aquel ritmo con aquella chiquilla y que un día u otro vendría la decepción y sería el fin. Despertaron muy tarde y siguieron. Hasta que Monique se dio cuenta, ella tan rígida en sus obligaciones, que había descuidado mil cosas. Y saltó de la cama como un pajarillo del paraíso. Hundido entre los almohadones, Luis la siguió hasta que se metió en el cuarto de baño y salió más bella que nunca.

Cuando desapareció se levantó y fue a su despacho. Tenía una carta de su médico brasileño que no había querido abrir en el ordenador porque le daba miedo. Y acertó: “Los últimos exámenes que me has mandado, lo siento, son catastrófico. Me pediste que te lo dijera sin tapujos y aquí te lo digo”. Agarró el teléfono y habló con él porque quería saber todo. Y el amigo no le dijo más que ya había cumplido su tiempo, que le diese gracias a quien quisiese. Su voz sonaba con tanta envidia que Luis no pudo por menos que soltar una carcajada. A Monique no le espantó que le dijese que quería darse una vuelta por Río. Uno de sus aviones personales estuvo listo en un rato.

Cuando Monique le besó con la pasión de quien sabe, Luis agarró a la chiquilla y casi la rompe de abrazos y caricias. La Televisión fue la primera en anunciarlo. El avión de Luis se había estrellado en medio del mar. Y rellenaron la información precisando que era el Falcon más moderno que existía, el 900, cuyo coste era de 30 millones de euros. Seguro que Luis hubiese sonreído al saber que valía mucho más muerto que vivo. Diez minutos después, Monique tenía todas las confirmaciones habidas y por haber de las fuentes más aseguras, de los que resuelven el mundo. Y entonces le dijeron que no había sido un accidente. Luis sabía que sería su último vuelo porque así lo había pactado. El último diagnóstico que había oído de su médico brasileño le había dicho lo que le quedaba por hacer. Unos meses, con suerte, de enormes sufrimientos y sin posibilidad de curación. Monique lo entendió también. Él había preferido lo desconocido para que ella disfrutara de esa maravillosa chiquilla a la que siempre podría contar la vida de papá… a su manera.

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