Érase una vez Diane Keaton

Sergio Berrocal | Unipress

Nos encontramos una noche al caer el día en el interior del bunker del Festival de Cine de Cannes. Ella iba acompañada de una amiga y nos lanzó una sonrisa al mismo tiempo que nos decía algo con una sonrisa antes de desaparecer por una puerta. Diana Keaton acaba de cumplir 75 años, casi mi edad, es decir que podríamos tutearnos, amarnos, tomar copas juntos e incluso rezar en coro. Es la mujer que ayudó a Woody Allen a convertirse en el gran cineasta que todos conocen al menos de oídas. Porque con el “nuevo cine” que surge en ciertas pantallas de televisión, queriendo hacer como si fueran a reformar el Arte de Meliés ya nadie sabe.En las pantallas pequeñas que presumen de grandes, y aprovechan que ahora las salas de cine están casi desiertas o cerradas, algunas compañías, que Dios y el diablo saben a qué se dedicaban ante, reinventan su cine. Pero olvidan que para animar un telón necesitan actrices y actores y los buenos, las buenas, ya no están en el mercado o bajo tierra. Es la ley maldita de la vida.

Diane Keaton forma parte de esa historia del cine que empezó a escribirse en unos estudios de Hollywood cuando las cámaras eran cacharritos casi de juguete que casi cualquiera podía manejar. Diane Keaton es sobre todo la actriz que hizo bueno el dicho que detrás de cada gran hombre hay una mujer insuperable. Ella sigue siendo ella. La que vimos en producciones tan diferentes como El Padrino, pero su película fetiche será siempre Annie Hall (1977), un invento de Woody Allen, quien rendía un vibrante homenaje a su querido Nueva York, esa ciudad boca arriba que él nos ha brindado como el escondrijo de todos los psiquiatras del mundo. Pero no como los que tenemos en Europa. Ir al psiquiatra en Estados Unidos es como tener un palco en la Scala de Milán, poder y elegancia. Luego están los loqueros públicos. donde un día metieron a Paul Newman en una película memorable. Pero si Diane tiene que acercarse a uno de esos personajes que en las películas de Woody parecen salidos de un mundo con agujero especial para los pecados de los mortales, aquellos que necesitan licencia para perdonar, es de guasa cinematográfica. Es una de las mujeres más sensatas y equilibradas de Hollywood con escala en Nueva York.

Woody Allen la enseñó a hacer actriz y a estar tan a gusto en medio de los bandidos de la mafia como en una comedia a la francesa más descarriada hasta llegar a papeles como el de Annie Hall que nadie más que ella podía interpretar. El Oscar que le dieron en aquella ocasión no fue en balde. La pareja es lo más elegantemente intelectual de que presume la gran burguesía de Nueva York. Tuvo, que se sepa, dos novios de postín, Warren Beatty y Al Pacino. Aunque al parecer el viejo Woody Allen es el único que todavía sigue en su vida. Pero debe de ser muy difícil andar lejos de Woody Allen por muy cascarrabias que lo pinten porque el talento desbordante y a veces acuciante es uno de esos bienes que solo pueden tener los ricos. Y, sobre todo, porque el talento si no se aprende en la universidad requiere un ambiente especial para desarrollarse.

Yo les recomendaría que si no han visto Annie Hall, que si de Woody Allen no han oído más que el nombre y algún escándalo, busquen los videos de sus mejores películas, es decir todas. Aunque yo, personalmente, les recomendaría Annie Hall y Días de radio. Amamos a los actores por su particular forma de ser pero sobre todo por su belleza espiritual. Imagínense a Diane Keaton pidiendo un bocadillo de chorizo en una taberna judía de Brooklyn. Hay que tener mucho estilo para saltarse las clases sociales, subir y bajar de los edificios de la fama, donde no trepan más que los más grandes. Una actriz no es solamente alguien que interpreta papeles que un señor, como W. Allen, escribe, para lucirse en un teatro y poder presumir de ser el autor, aunque la obra no haya aguantado en la cartelera porque desde hace ya años, la imbecilidad es lo que más se lleva en todas las clases sociales.

Sencillamente porque la imbecilidad es algo que se pega como el coronavirus y no se suelta. No obstante, confieso que he conocido a hombres y mujeres que presumían con un descaro despampanante de ser imbéciles ilustrados. Traten de imitar la sonrisa de la Keaton cuando toma un taxi en una confusa y aturrullada acera de una calle de Nueva York, al salir por ejemplo de un coctel en el Waldorf, sin perder el sombrero y sin que te caiga el paquete que llevas a dos manos pese a que llueve de forma insolente. El arte de ser lo tienen ellos, esos actores y actrices que nos permiten de vez en cuando meternos en la vida de un personaje al que no hubiésemos conocido en el autobús ni por un milagro de San Eugenio. Y entre esos actores y actrices que nos hacen la vida más agradable, que nos permiten meternos en tantas mentes, Diane Keaton es una privilegiada. Es esa mujer con la que te gustaría charlar un rato o bailar el tango que el viejo Al Pacino bordaba en aquella película de cuyo título ya no me quiero acordar. Esa gente, mujeres como Diane Keaton, son los sueños en carne y hueso que los dioses menores y mayores del Olimpo nos permiten ver en una película para que no nos desesperemos más de la cuenta. Y quizá fuese cierto literariamente escrito que el dios de los dioses griegos, Zeus, se disfrazó del cisne más bello que imaginarse pudiera para arrojarse sobre la sin par Leda y seducirla de un plumazo hasta los nueve meses del embarazo. Dirán ustedes que estoy chalado, que es lástima que no haya manicomios más a mano, pero pienso que un día podría ocurrirme una aventura como esa. ¿Y quién me dice que ya no le ha pasado a alguien que yo no conozco?

Para eso inventaron el cine. Para soñar.

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