El espantoso desamor de la pandemia

Sergio Berrocal | Unipress

A nadie le parecía posible, pero desde que se declaró la pandemia del coronavirus el 30 de enero de 2020 en 258 países, al mundo le dio un vuelco al corazón. Y pasado mediados de julio de 2021 seguimos peor, con más contagios, más pandemia y menos esperanzas. Es como si por lo menos en España, donde las borracheras siguen en bares y locales sumergidos, pero siempre con las botellas de alcohol en la mano, ¿y quién las consigue y cómo? Es como si estuviésemos camino de un suicidio general, ya no hace falta la ley sobre el derecho a quitarse la vida, los jóvenes hacen lo imposible para reducirla.

Un año y pico después, la crisis ha estallado, destrozando todo lo que encontraba a su paso. Todos los días muere más gente de pena, aunque los médicos digan que es de infarto u otra cosa parecida. Todos los días hay gente que se aleja del amor. Todos los días hay gente que se suicida. Todos los días que el diablo hace, gente que no se siente querida, quizá también por la edad y porque el tiempo desgasta, se duerme dulcemente. Le ha faltado ese gran medicamento que es el amor. Ningún titulado de Medicina se lo confirmará pero es evidente. Ha faltado el cariño, ese milagroso medicamento único y sin receta que frena todos los males.

Vivimos todavía, aunque algunos crean que ya se acabó, desquiciado por la locura de un maldito Fu Manchú demente y más feroz que el del cine, porque éste usa corbatas de Armani. Durante todos estos meses de encierros, de prohibiciones y ya, el colmo, el bozal que no solo nos protege sino que nos convierte en bichos irreconocibles, donde está prohibida la sonrisa y la expresión, la vida ha sido una pantomima. Nos han faltado los látigos de los domadores encargados de que las fieras no devoren al público.

Se han divorciado, comenta la gente cuando una pareja se separa de pronto, tras muchos años de convivencia. Otro se ha suicidado. Es lo que los militares norteamericanos designaron a fenómenos no previstos como daños colaterales. El desamor que parece haber arrastrado consigo el bicho que salió de Wuhan, China, está acabando con la ternura, porque ya no hay ternura posible ni preservativo que te garantice contra el bicho que domina tu cerebro.

Nada extraño si en los países donde ya se autoriza a quitarse la máscara castigadora, roedora de corazones, capaz de cortar todos los giros afectivos la medida haya obedecido a la recomendación de un sabio que ya anticipaba la catástrofe de convertir al humano en un animal de compañía. Ese sabio fue de los que entendieron que las primeras borracheras de la liberación las llamaría yo, aquellos locales atestados de gente que buscaba en el alcohol y en las drogas la vida que le habían arrebatado, aunque luego los mandaran al hospital, no eran más que la manifestación de la desesperación. Un grito angustiado contra el desamor. El maldito bicho chino ha creado auténticas tragedias dentro de las familias, como si algún Satanás enviado especial del más bajo de los infiernos hubiese tenido por misión romper una sociedad que hasta ahora no era tan catastrófica.

¿Conseguiremos sanar? ¿Volveremos a saber lo que era un beso, un abrazo, una penetración que dure y dure sin que ella o él se angustien y todo termine como un maldito rosario de la aurora?

 

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