Cuando el Papa me convirtió

Sergio Berrocal | Unipress

Están a punto de desfilar los títulos de crédito. La banda sonora sigue ganándose la vida y te das cuenta de que se te acaban los argumentos. La gente empieza a levantarse. Los restos de palomitas vuelan sobre el suelo. Entonces recuerdas a aquel personaje que fue esbelto pero que entonces parecía encogido. Todo de blanco vestido gesticulaba con una sonrisa ante decenas de cámaras de la comunidad internacional de actualidades. Un helicóptero parecía no querer perderse el espectáculo. De su puerta abierta apuntaba a la nada un cañón de ametralladora. Fue la última vez que ví a Juan Pablo II, el Papa que con su sola presencia había conseguido dar al catolicismo una unidad que se tambaleaba. Era, hace 40 años, en una calle estrecha y empedrada de Río de Janeiro. Su papamóvil está aparcado delante de una puerta de hierro aplastada en un muro que recuerda a aquellas construcciones de cartón piedra de las películas históricas de Cinecitta, allá por Roma, años esplendorosos de un cine extravagantemente espectacular.

Pero esta mole de piedra viva es una de las cárceles más espantosas de Brasil. Infierno puro, el Complejo Penitenciario de Frei Caneca, una especie de Castillo de If, la fortaleza donde penó hasta la desesperación Edmond Dantès, el héroe de Alejandro Dumas. Como cucarachas escupidas por una pesadilla de Kafka, dos siluetas salen de estampida por la puerta de esta cárcel de alta seguridad que se jactaba de no albergar más que criminales inexpiables. Parece que van a asaltar al viejo vestido de blanco.

Cuando llegan a pocos metros les entra una especie de temblique, algo parecido al Parkinson que aqueja desde aquella mañana de bochorno al hombre cuya bendición imploran. Suben al papamóvil como si fuera la silla eléctrica. El hombre de blanco les toca y les dice unas palabras que rompen la máscara de crueldad de sus rostros y sonríen. Ni oyen el rotor del helicóptero que parece querer intimidarles, ni prestan la menor atención a las hordas de guardaespaldas que maltratan sus mocasines sobre los pedruscos del suelo con tal de estar a tiro en medio de una algarabía silenciosa. Primeros días de Octubre de 1997. Hace 40 grados centígrados en Río la húmeda. El sol pega ya duro en la inmensa explanada Flamengo. Varios periodistas han tenido que ser evacuados con síntomas de insolación. Un millón de fieles aguardan. Vuelve a aparecer el papamóvil. A su encuentro acude un grupo de muchachas con la belleza hecha a medida y sonrisas que te hacen creer en los ángeles, en los de Charlie y en los que se extravían en el cielo. Tienen ojos de miel chorreante. De sus faldas marrones caen con el extravío elegante de las cataratas de Iguazú piernas de sirenas vírgenes de Esther Williams con violines cansados de tocar de Xavier Cugat. Juan Pablo dedica una sonrisa lánguida a los bellezones que le homenajean. Otro Juan, Jean Paul Belmondo, “El hombre de Río”, seguramente les habría echado unos piropos y una sonrisa canallesca a lo Jean Gabin. La noche ha caído sobre el estadio de Maracaná, envuelto en el griterío respetuoso de 150 000 personas. Juan Pablo espera en una colina que tramoyistas expertos han alzado como un mecano en un costado de la catedral del fútbol. Entre las lozas de cemento armado de los pasillos del estadio se encuentra de todo incluso en esta noche que debería ser celestial: preservativos usados, casquillos de municiones de calibre suficiente para matar elefantes. Encima de su pagano trono, el Papa percibe las primeras músicas, un coro de niños, Roberto Carlos, que con su pata cansina y su esposa al lado se pone a escalar la esca191 linata peligrosa que le conducirá al improvisado trono papal.

Maracaná es una fiesta sin goles. Cuando suena la música con la fuerza carioca que embelesó a Frank Sinatra, Juan Pablo olvida su Parkinson, se pone en pie y parece que va a bailar la samba. Sentado en mi playa del sur de España, rodeado de ingleses con andrajos fashion por todas partes menos por una que es mi descafeinado con leche que me sirve una camarera letona a ritmo de mambo, alguien me pregunta a cuento de qué ha venido recordar a aquel Papa que tanto le habría gustado al Jesucristo de los muertos de hambre brasileños. Creo que ha sido porque era un auténtico héroe de película, de aquellas que te dejaban en la boca sabor a esperanza. Todos los héroes que yo tenía han muerto. Y la esperanza, en estos tiempos de espanto social, tiene ya poco sabor. Hace 40 años y yo creía en Jesús y en mí.

 

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