Amor en el aire

Sergio Berrocal | Unipress

Embarcó en el avión echando pestes. Eran las diez y doce de la mañana y todo había ido peor desde anoche. Su libro, un libro corto, como todo los suyos, no avanzaba porque, le decía un enemigo propio, eres una calamidad ambulante. Caesar, el amigo de siempre, al menos desde que existían los aviones con pasajeros y no solo con ametralladoras o heridos graves, le dijo que sentía tenerlo que meter en primera pero que la clase turista había sido tomada por una pandilla de británicos y temía que si lo añadía no saldría vivo. Caesar era un tio listo. Se hizo escultor, ganó mucho dinero y se compró un 747 para recordar viejos tiempos.

Se encerró en la primerísima clase, ya no existe, ya no existe nada, pronto dejarán de existir los aviones y los cabrones de pasajeros harán auto stop. Le habían dicho que en Palma había un chalado de editor norteamericano que había leído algo suyo, sin duda una chorrada que no había entendido siquiera, y se había creído que aquello era mejor que El viejo y el mar. Si conseguía un contrato tal vez pudiera volver a escribir. Pero en el momento en que el piloto, o la madre que le parió, sacó el avión de la pista de Orly, París, la ciudad de su vida, donde ya no le querían ni para limpiar manuscritos llenos de imbecilidades, se alejó en las nubes. Arrojó con rabia el manuscrito y trató de calcular las posibilidades que aquel avión recién nuevecito de Iberia, Lineas Aéreas de España, podría tener posibilidades de aplastarse en el fondo del mar.

Dos minutos y cuarto después entró una azafata –eran tiempos en que eran señoritas distinguidas, perfectas geishas, amables, y hasta cariñosas cuando no les caía un malaje como él. El compartimento del bussinnes businísimo, eran inventos suyos, estaba vacío, ya se lo había advertido el amante de Cleopatra que lo había embarcado después de invitarlo a los enormes güisquies que solo servían en una cafetería de todo el aeropuerto y que nadie conocía.

La azafata inició los trámites del vuelo y de pronto se paró delante de él.

-Usted es Luis Carberro, el autor de ¿Angelitos rubios?

La muchacha, morena, preciosa, ¿pero cómo suponía alguien que en un avión fantasma él se iba a encontrar con una azafata desagradable?, se sentó a su lado y estuvo recitándole el libro que él pensaba vender aquella misma tarde so pena de morir asfixiado de deudas.

Antes de que se diera cuenta, ella se había subido las faltas y se había sentado a contracorriente de él. “Estoy ovulando y quiero tener un hijo tuyo”. La muchacha le hizo el amor antes de que la azafata primera, que ya sabía de lo que habría que saber, anunciara el próximo descenso a Palma de Mallorca.

Las ruedas del avión tocaron la pista cuando los dos estallaban sin piedad.

Ella se arregló rápidamente, él no sabía qué hacer, porque la cicuta la había olvidado y no podía suicidarse y además reconocía que aquel gozo era propio de sus dioses, los que él tenía como padrinos junto a Saturno.

Cuando ella salió casi corriendo, pero con una sonrisa que le comía los ojos, él vio que la falda se acordaba de él. Algo es algo, se dijo. Al desembarcar, ella le estrechó ceremoniosamente la mano con una tarjetita y un número de teléfono. El libro fue un fracaso. El tarado del editor no lo era suficientemente como para confundir a Hemingway con Luis. Estaba en París luchando con los bancos y una hipoteca de la casa cuando ella, su azafata, Mónica, le llamó. “Creo que vamos a ser padres”, le dijo ella con alegría lacrimosa.

-Pero que sea una niña, le contestó él y quedaron para verse la semana prçoxima, que ella estaba de permiso en París. Se vieron varias veces, a cada escala, y cada día estaban más enamorados. El parto fue en una clínica que, ella no sabía por qué, Luis adoraba, cerca de la rue des Martyrs, el barrio de París que Luis adoraba.

Cuando la vio recién salida del paritorio, Luis chilló de emoción y una matrona oyó que decía entre lágrimas: “¡Es mi Corinne!”.

Ella dejó la aviación, fundó una agencia de viajes y él se ganaba la vida como podía corrigiendo manuscritos. Pero dicen quienes conocieron que fueron muy felices. Se amaron, agrega un cliente fiel de la agencia, hasta la locura, hasta que ella entendió que su única ilusión era aquella niña de pelos revueltos a la que bautizaron, él bautizó, Corinne. Los dos se amaron mucho, mucho, mucho, pero el amor de una hija puede con todo. Ella conoció a otro hombre y él le pidió la exclusividad de la niña que un juez, amigo por cierto, le concedió. Si quieren consultar las novelas maravillosas, este adjetivo es de un crítico belga, de Luis, vayan a una playa cerca de Pernambuco. La niña regenta una agencia de viajes y su padre se dedica, como siempre, a escribir novelas que nadie quiere publicar. Pero son felices.

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